Ser emprendedor lleva implícito una serie de actitudes fundamentales (proactividad, actitud positiva, poca aversión al riesgo, persistencia, entre otras) que requieren de un compromiso y un esfuerzo especial, en lo personal, para desarrollarlas. Pero para emprender un negocio con éxito, se necesitan además otra serie de competencias; algunos conocimientos y aptitudes que se puede aprender y practicar, si bien serán de muy poca utilidad, si las actitudes fundamentales no están en la base de sus protagonistas.
Los docente, los tutores o incluso los emprendedores que contribuyen a desarrollar el espíritu emprendedor con su ejemplo y su testimonio, mucho pueden hacer para acercar ciertos conocimientos, metodologías, herramientas, y experiencias (buenas y malas) útiles a la hora de emprender, pero difícil que puedan enseñar a emprender sino, a los sumo, facilitar y crear el ambiente adecuado para que el aprendizaje se produzca.
Al igual que cuando uno aprende a nadar, inútil es para el instructor explicar la teoría de los movimientos fuera de la piscina, si no aventura rápidamente a sus alumnos a tomar contacto con el agua para que experimenten por ellos mismos y perfeccionen los movimientos mediante la práctica, en el elemento adecuado. Lo mismo sucede si deseáramos aprender a jugar al fútbol sin tocar una pelota. También cuántos porrazos son necesarios recibir, montando una bicicleta, antes de lograr aprender ese equilibrio fino que nos permite seguir adelante sin tocar el piso.
Aprender a emprender no es muy diferente a lo anterior; es una práctica (más aún, un hábito) y como toda práctica, se mejora haciendo, y no solamente escuchando o hablando de hacer. Para formar emprendedores, deberemos facilitar ese aprendizaje y el desarrollo de las competencias necesarias a través de la vivencia emprendedora en carne propia. Hoy el “aprender haciendo”, como metodología, está de moda para cualquier disciplina, dados los magros resultados que hoy tiene la enseñanza industrial, basada en la memorización de conocimientos enciclopédicos; pero esta metodología resulta de especial importancia, a la hora de aprender a emprender.
Participo de varios programas de preincubación en los cuales ayudamos a madurar la idea del emprendedor y convertirla en un modelo de negocios validado y en un plan para la puesta en marcha. En la mayoría de los casos, a lo largo del proceso de preincubación se les brinda conocimientos a través de talleres y acompañamiento personalizado mediante tutorías, pero que de nada sirven si el emprendedor no avanza en la ejecución; no hace “los deberes”; en definitiva, no emprende. A veces me encuentro con “emprendedores de escritorio”; aquellos que poco se aventuran fuera de la comodidad de su mesa de trabajo. No entienden que ser emprendedor implica hacer cosas que no siempre son placenteras, salir fuera del edificio a hablar con gente desconocida y enfrentarse al rechazo; todo ello será necesario, si queremos hacer que las cosas sucedan.
Al igual que los pájaros cuando empujan a sus crías fuera del nido para que desplieguen sus alas y vuelen por sí mismos, quienes trabajamos en emprendedurismo deberíamos cumplir un rol similar de pinchar y empujar a los emprendedores a salir de su zona de confort, desplegar las nuevas competencias desarrolladas y poner énfasis en que no terminarán de aprender a emprender, hasta que efectivamente emprendan.
Es que la experiencia que vives en primera persona, es la mejor escuela. Lo único que podemos (y debemos) hacer desde los que apoyamos desde fuera, es tratar de que los golpes no sean muy fuertes (ni fatales), pero dejándole claro que, al final del día, el emprendedor es el único responsable de haber avanzado o no, en los objetivos planeados. Una llamada de menos, una visita no realizada, un presupuesto no enviado, pueden significar la diferencia. Y la ejecución lo es todo en el emprendimiento, no importa qué tan buena sea tu idea o tu producto.
Algunos definen al emprendedor como aquel que se tira de un barranco y arma el avión durante la caída. Si me has leído antes, saben lo que pienso de los riesgos que realmente asume el emprendedor (controlados), por lo tanto, hay maneras menos infartantes y dolorosas de aprender a volar. A continuación, repaso algunas que me han servido a mí:
- Leer sobre la historia de otros. Si tienes oportunidad, escúchalos en vivo y pregúntales sobre su experiencia, aprendizajes y tropiezos. Busca conocer tanto experiencias exitosas como fracasos, sean locales o del exterior y, si puedes, habla con sus protagonistas.
- Realiza pequeños experimentos en el mercado para, en caso de fracasar, que sea rápido y sin derrochar todos los recursos. En ese sentido, las metodologías Lean Startup, o Design Thinking, ayudan a testear y validar tus hipótesis, empatizando con clientes potenciales, e iterando hasta encontrar una verdadera oportunidad de negocios.
- Recurre primero a un tutor que te asesore en el armado y la validación del modelo de negocios, y luego a un mentor que te aconseje durante la etapa de comercialización, ya lanzado el negocio.
- Reúne a un equipo de primera, que te complemente y que posea las actitudes adecuadas, además de los conocimientos o habilidades necesarias.
Todo ello, desafortunadamente no evitará que cometas errores, pero por lo menos debería limitar su impacto, y recuerda que nada sustituirá el aprendizaje que surge de la experiencia en primera persona. No se equivoca, el que no hace nada, por lo que abraza tus nuevas equivocaciones; eso es verdadero potencial de aprendizaje. Aprende emprendiendo y ¡que nadie te quite lo bailado!



